La conversación que sigo dejando para después
- Michael Parrales
- 31 ago
- 3 min de lectura
“He aquí ahora el tiempo aceptable; he aquí ahora el día de salvación.”2 Corintios 6:2
Hay conversaciones que uno sabe que debe tener, pero que siempre parecen poder esperar un poco más.
Como padre conozco muy bien esa tentación. Cuando sean un poco mayores. Cuando comprendan mejor. Cuando tengamos más tiempo. Cuando termine esta semana tan complicada. Cuando encontremos el momento perfecto.
El problema es que el momento perfecto casi nunca llega.
Y cuando pienso específicamente en hablarles a nuestros hijos acerca del evangelio, necesito reconocer algo todavía más serio: es posible criar hijos dentro del cristianismo y asumir que por estar alrededor de las cosas de Dios necesariamente comprenden el evangelio.

Pueden conocer las historias bíblicas. Pueden saber cómo comportarse en la iglesia. Pueden aprender a orar antes de comer, memorizar versículos, asistir a un colegio cristiano y utilizar correctamente todo el vocabulario de la fe sin haber comprendido realmente por qué necesitan a Cristo.
Eso me confronta.
Porque es mucho más sencillo corregir una conducta que hablar del corazón. Es más rápido decir “eso está mal” que explicar por qué el pecado es, en última instancia, rebelión contra un Dios santo. Es más cómodo enseñar respeto, responsabilidad, disciplina y honestidad que explicar que ninguna cantidad de buena conducta puede reconciliarnos con Dios.
Puedo terminar criando un hijo moralmente correcto y, sin querer, enseñarle que el cristianismo consiste principalmente en portarse bien.
Y eso no es el evangelio.
El evangelio comienza con una noticia mucho más difícil de aceptar: nuestro problema no está solamente alrededor de nosotros; está dentro de nosotros. Nuestros hijos no necesitan simplemente mejores hábitos. Necesitan aquello que yo también necesito: la gracia de Dios.
Por eso, cuando hablo de urgencia, necesito tener cuidado. No estoy hablando de manipular emocionalmente a nuestros hijos para conseguir una profesión de fe. No puedo producir conversión y tampoco quiero crear una falsa seguridad mediante presión religiosa. La regeneración es obra del Espíritu de Dios.
Pero reconocer la soberanía de Dios jamás puede convertirse en una excusa para mi silencio.
Mi responsabilidad es hablar.
Hablar de Cristo cuando pecamos y necesitamos pedir perdón. Hablar de Cristo cuando alguien muere y nuestros hijos preguntan qué sucede después. Hablar de Cristo cuando tienen miedo, cuando fracasan, cuando alcanzan algo importante o cuando descubren la fragilidad de la vida. Hablar del pecado, sí, pero también de una gracia mucho mayor que nuestro pecado. Hablar de una cruz donde Cristo llevó la culpa de pecadores que jamás podrían salvarse a sí mismos.
Y quizá lo más difícil sea permitir que primero vean ese evangelio aplicado en mí.
Que me escuchen pedir perdón. Que sepan que papá también necesita gracia. Que comprendan que no sigo a Cristo porque me considere mejor que otros, sino precisamente porque sé cuánto necesito un Salvador.
No sé cuándo Dios abrirá el corazón de mis hijos. Esa parte de la historia no está en mis manos.
Pero sí puedo preguntarme algo hoy: ¿estoy siendo fiel con la parte que Dios sí puso en ellas?
Tal vez no necesitamos esperar por una conversación extraordinaria. Quizá esta noche, alrededor de la mesa, mientras conducimos o antes de dormir, aparezca una oportunidad sencilla para hablar de Cristo.
No para forzar una decisión.
No para fabricar una experiencia.
Simplemente para ser fieles.
Porque algunas de las conversaciones más importantes que tendremos con nuestros hijos probablemente no llegarán anunciándose como momentos extraordinarios. Aparecerán en medio de la vida cotidiana, y debemos estar suficientemente presentes para reconocerlas.


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