¿Estoy preparando a mis hijos para ganar el mundo?
- Michael Parrales
- 31 ago
- 2 min de lectura
“Porque ¿qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma?”Mateo 16:26
Hay una pregunta que cada cierto tiempo necesito volver a hacerme, aunque no siempre me resulte cómoda: ¿qué estoy celebrando realmente en la vida de mis hijos?
Como padre quiero que les vaya bien. Quiero que aprendan, que desarrollen sus capacidades, que sean responsables, que tengan oportunidades que quizá yo no tuve y que puedan enfrentar el futuro con las herramientas necesarias. No veo nada malo en eso. El problema comienza cuando, sin darme cuenta, aquello que era importante termina convirtiéndose en lo más importante.

Puedo decir que Cristo es primero y, al mismo tiempo, transmitirles algo completamente diferente con mis prioridades. Puedo preocuparme enormemente por una calificación baja y apenas reaccionar ante la ausencia de interés por las cosas de Dios. Puedo invertir horas, dinero y energía en sus deportes, estudios, idiomas y actividades, mientras la conversación acerca de su alma queda constantemente para después. Puedo preguntar cómo les fue en el examen y olvidar preguntar qué está sucediendo en su corazón.
Y antes de pensar en otros padres, tengo que pensar en mí.
Jesús hizo una pregunta que destruye nuestras escalas de valores: “¿qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma?”. No estaba diciendo que el trabajo, los logros o las responsabilidades terrenales carezcan de importancia. Estaba estableciendo una comparación. Coloque de un lado de la balanza todo lo que este mundo puede ofrecer y del otro el alma de una persona. No existe comparación posible.
Eso me confronta porque como padre tengo una capacidad extraordinaria para decir una cosa y enseñar otra. Mis hijos observan aquello por lo que me emociono, aquello que me preocupa, aquello por lo que sacrifico tiempo y aquello que considero digno de celebración. Mucho antes de comprender todas mis palabras, están aprendiendo de mis prioridades qué significa para mí una vida exitosa.
Por eso necesito preguntarme con honestidad: si mis hijos construyeran su definición de éxito exclusivamente observando mi vida, ¿llegarían a la conclusión de que conocer a Cristo y vivir para la gloria de Dios es realmente lo más importante?
La respuesta no siempre me deja tranquilo.
No quiero criar hijos mediocres ni enseñarles a despreciar la excelencia. Quiero que hagan todo lo que Dios ponga en sus manos con diligencia. Pero necesito recordar que la excelencia es una pésima divinidad. Los títulos no pueden salvar. Una carrera brillante no puede reconciliarnos con Dios. El reconocimiento de los demás no puede darle vida a un corazón muerto espiritualmente.
Y tampoco puedo salvar a mis hijos. Esa obra pertenece solamente a Dios. No existe técnica de crianza, escuela cristiana o devocional familiar capaz de producir regeneración. Pero esa verdad no disminuye mi responsabilidad; la hace más clara. Mi llamado es ser fiel: enseñar, modelar, corregir, orar y presentarles una y otra vez a Cristo.
Quizá hoy necesitamos revisar nuestras agendas, nuestros gastos, nuestras conversaciones y nuestras celebraciones. No para abandonar aquello que hacemos por nuestros hijos, sino para preguntarnos si todo ello está ocupando el lugar que solamente Dios merece.
Porque podríamos ayudarles a ganar muchas cosas en este mundo y descubrir demasiado tarde que nunca les enseñamos qué era aquello que verdaderamente valía la pena ganar.


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