Alguien está formando a nuestros hijos
- Michael Parrales
- 31 ago
- 3 min de lectura
“Y no os adaptéis a este mundo, sino transformaos mediante la renovación de vuestra mente.”Romanos 12:2
A veces pienso en todas las voces que hablan a mis hijos durante una semana normal. Profesores, amigos, canciones, series, videos, publicidad, redes sociales, videojuegos, conversaciones y ahora también algoritmos capaces de aprender con una precisión impresionante aquello que llama su atención.
Entonces tengo que hacerme una pregunta incómoda: ¿cuánto estoy hablando yo?
No me refiero simplemente a hablar más fuerte ni a convertir cada cena en una predicación. Me refiero a estar presente de una manera suficientemente intencional como para ayudarles a interpretar el mundo que están viendo.
Durante mucho tiempo hemos hablado de la educación como si fuera principalmente transmisión de información. Pero nuestros hijos están aprendiendo mucho más que matemáticas, ciencias o idiomas. Constantemente están aprendiendo qué admirar, qué desear, qué significa ser libres, qué hace valiosa a una persona, dónde encontrar felicidad, qué es el amor y quién tiene autoridad para definir el bien y el mal.
La educación nunca es neutral porque detrás de toda idea existe una manera de entender la realidad.

Esto también me obliga a revisar mi propia formación. Sería muy fácil escribir acerca de las influencias que amenazan a nuestros hijos mientras imagino que yo observo todo desde un lugar neutral. Pero tampoco es así. Yo también estoy siendo formado. También consumo contenido. También puedo comenzar a considerar normal aquello que antes me habría preocupado. También puedo permitir que el pragmatismo, la comodidad, el éxito o la aprobación cultural modifiquen lentamente mi manera de pensar.
Por eso Romanos 12:2 no es primero un versículo para mis hijos. Es un mandato para mí.
“No os adaptéis a este mundo”.
La palabra de Pablo implica que existe una presión real para conformarnos al patrón de este siglo. Y muchas veces esa presión no llega como una rebelión abierta contra Dios.
Llega envuelta en ideas atractivas, razonables y aparentemente compasivas. El problema no consiste en que todo lo producido por la cultura sea malo. Sería absurdo afirmarlo. El problema aparece cuando dejamos de examinarlo.
Necesito enseñar a mis hijos a hacer algo que yo mismo debo practicar primero: llevar las ideas a la Palabra de Dios.
¿Por qué creemos esto? ¿Quién lo decidió? ¿Qué visión del ser humano existe detrás de esta idea? ¿Qué dice acerca de Dios? ¿Qué promete como fuente de felicidad? ¿Es compatible con lo que Dios ha revelado?
Estas preguntas deberían formar parte de nuestras conversaciones normales.
No necesitamos vivir aterrorizados por la cultura ni criar hijos incapaces de relacionarse con el mundo. Tampoco necesitamos encerrarlos en una burbuja y esperar que nunca escuchen una idea equivocada. Necesitamos algo mucho más difícil: enseñarles discernimiento mientras nosotros mismos aprendemos a discernir.
Eso requiere presencia. Requiere conocer lo que nuestros hijos escuchan, preguntar qué están viendo, conocer las personas que admiran y conversar sobre aquello que está capturando su imaginación.
Antes de quejarme porque un algoritmo conoce demasiado bien a mis hijos, debería preguntarme cuánto los conozco yo.
Antes de acusar al mundo de discipularlos, necesito preguntarme qué tan intencionalmente estoy discipulándolos yo.
Nuestros hijos siempre estarán escuchando alguna voz. Mi oración no es simplemente que nunca escuchen las voces equivocadas, sino que conozcan tan profundamente la verdad de Dios que puedan reconocer la mentira aun cuando venga presentada de una manera atractiva.


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